Aunque parezca una paradoja es común encontrar en los dictadores claros signos de cobardía.
La historia rescata autócratas
ilustres y cultos. Europa tuvo en el despotismo ilustrado del siglo XVIII a
los monarcas que seguían a los filósofos. Entonces, algunos soberanos europeos
utilizaron su poder para mejorar la cultura y las condiciones de vida de sus
súbditos. Recordemos la frase “todo para
el pueblo, pero sin el pueblo”.
A mediados del siglo XX en
Argentina padecimos el terror de un autócrata, quien despreciaba la cultura. El
autócrata argentino llamado Juan Perón,
sabía que la cultura no podía existir sin libertad. Pero en su pensamiento
fascista nacionalsocialista, la palabra libertad no tenía cabida. Comenzó
entonces un discurso paranoico,
“culpando al imperialismo de todos los males”.
Y empezó a mostrar signos de cobardía:
·
Comenzó por odiar no sólo a la libertad, sino
también a la cultura.
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Anuló la libre expresión de las ideas
·
Confiscó los órganos de prensa
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Encarceló a los líderes políticos
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Corrompió a la juventud a través de la UES
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Incendió templos
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Estatizó los servicios públicos
·
Despilfarró las reservas del país, degradando la
moneda
·
Destruyó la producción al punto de comer pan
negro
Estos acciones, de evidente cobardía, lastimaron al pueblo argentino, generando una innecesaria y profunda herida
social aún abierta la división entre peronistas y antiperonistas.
Perón-
ejerciendo una tiranía fascista- utilizó
el poder discrecionalmente y en lugar de enfrentar con argumentos y en el
terreno democrático las ideas contrarias a sus fines, cobardemente manipuló “el
poder del Estado para anular al
enemigo”. La consecuencia fue que a través de la censura, el control y el cambio de reglas de juego- por la destrucción de las instituciones- logró
minimizar el riesgo que representaba un oponente que “censurado, acallado y sin
libertad no puede oponerse”.
En mi opinión, Perón fue el primer
terrorista de Estado, ya que utilizando los recursos del Estado, por ejemplo, impulsó las
formaciones especiales de la juventud que fueron la base de las guerrillas.
Sin duda Perón
influyó por más de 30 años en la vida política argentina, pero su influencia
fue nefasta, amoral y destructiva en lo político, en lo económico y pero aún: en
lo social.